Enrique tiene 3 hijas, 3 nietos y 2 bisnietos. /FOTO: JUAN ANTONIO SÁNCHEZ.
Tan orgulloso se siente Enrique Asdrúbal Benítez Murillo del trabajo que desempeñó durante 35 años en Coltejer, que aún hoy, 3 décadas después de haberse pensionado de la empresa, a sus 84 años, se atreve a llamar a Q’HUBO para contar su historia.
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Dice que el suyo es un cuento de superación, pues a pesar de haber estudiado apenas hasta quinto de primaria, escaló hasta posiciones importantes en el área de salud ocupacional e incluso tuvo la fortuna de codearse con los duros de la compañía, entre ellos el mismísimo Carlos Ardila Lülle, quien es el dueño de esta desde 1987.
Enrique nació en Frontino, Occidente antioqueño, pero llegó al barrio Castilla en 1947, por culpa, dice, de “la ‘chusma’”, es decir de los bandoleros que existían en aquella época de violencia política en el país.
Por esta razón, en su pueblo apenas alcanzó a hacer hasta tercero de primaria. En Medellín logró avanzar hasta quinto de primaria, pero la situación familiar no le dio para más.
Durante años trabajó en lo que podía: hizo mandados en bicicleta, laboró en una droguería, hasta que en 1956 ingresó a Coltejer. “El todo es que supiera leer”, recuerda Enrique, quien apenas rozaba los 20 años.
Entró a limpiar máquinas y barrer la zona en la que estas se encontraban, pero con su inquietud por aprender de cuanto curso le ofrecían fue ganando puntos.
Hizo cursos de mecánica de banco, luego otro de relaciones humanas, uno más de supervisiones, y en muchos más que la empresa ofrecía. Después, en los años sesenta, se capacitó con el Sena en otro curso de mandos medios y fue ascendido a supervisor. Fue testigo de muchos accidentes de compañeros con las máquinas, vio heridas muy fuertes que lo marcaron y por ello se enfocó en la seguridad ocupacional, integrando comités y asistiendo a congresos para saber más.
Así, de a poco, se convirtió en un instructor de salud ocupacional, recibiendo la confianza de sus jefes hasta que le llegó el tiempo de pensionarse. “Fue mi segundo hogar”, afirma.
Enrique lleva grabados en su memoria aquellos momentos en que la empresa lo fue ascendiendo de posición. Para él, entrar a hacer parte de cargos administrativos era todo un logro.
“Yo que entré como barrendero y limpiador, cada ascenso era una sorpresa. Lo más importante era sentir ese calor humano que me llevó a tener un buen compañerismo con todas las personas”.
Celebra.
Una de las anécdotas que más recuerda Enrique de su trabajo fue cuando conoció en persona a Carlos Ardila Lülle, quien había adquirido la empresa en 1987.
Ocurrió cuando estaba en el cargo de jefe de Seguridad en Coltefábrica, empresa propiedad de Coltejer. Una vez el propietario visitó las instalaciones, y a Enrique le tocó acompañarlo en parte del recorrido.
La atención prestada le permitió luego recibir una invitación de Ardila para viajar a Bogotá en compañía de uno de sus jefes, Virgilio Maya, a realizar un estudio de seguridad en Tapas La Libertad y Gascol, dos empresas de propiedad del grupo.
Recuerda que en el ingreso los porteros no les creían que venían de parte del jefe supremo, hasta que su ingreso fue aprobado. “Esas puertas se abrieron como si hubiera llegado un santo”, cuenta Enrique entre risas.
Por Sebastián Aguirre para Q’HUBO Medellín.
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